Martes, 25 de Abril de 2017

La pieza de pollo

Por Yonadab Cabrera / /

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Entre amigos es válido que nos compartamos todo, menos las viejas, los novios y ahora comprendo que tampoco la comida.

La verdad nunca me gustó compartir mi comida, menos que le metieran mano, la cuchara o el tenedor. Tampoco me gustaba que agarraran mi vaso de agua o mi botella de refresco y bebieran de ella.

Bueno, esa delicadeza se acabó cuando conocí a mi muy querida Selene Ríos, pues siempre acostumbraba a manosear las comidas de todos.

La primera vez que hizo eso con mi comida me quedé atónito, sin palabras, pues mientras platicábamos a la hora de la comida de pronto metió su tenedor en mi plato y empezó a comerse mi alimento, le dio sed y se tomó mi agua.

Después de un tiempo de llevarnos y conocerla, se me hizo normal y costumbre que manoseara y se comiera mi comida, vaya, ya no lo veía mal ni raro, para mí era de lo más habitual y de todos los días.

Y así se nos fue haciendo costumbre compartir todo y entre el grupo de amigos, incluido el Osy Doc Arturo Rueda: la bici, la comida, la ropa, las toallas, todo menos los hombres, las viejas y las babas, hasta hoy.

Fuimos a comer a un conocido restaurante de la Juárez, sí ya sé que hay muchos pero este es muy conocido. En la mesa departíamos Arturo Rueda, Viridiana Lozano, Zeus Munive, Edmundo Velázquez, Kenya Avelino y su servidor.

Todo estaba muy rico, pero como de costumbre, se me antojó más lo que comían mis amigos que lo que me sirvieron a mí. Sin embargo, me hice el digno y no me atreví a pedirles que me compartieran de sus platillos.

Y así transcurrió el tiempo, comíamos, platicábamos, troleábamos, reíamos, criticábamos, nos burlábamos y empezábamos de nuevo. Tardamos 3 horas en ese conocido restaurante cuyo nombre omitiré, seguimos con los postres, las bebidas.

Sin embargo, no podía quitar la mirada del plato de Rueda, algo me miraba a los ojos y me decía "cómeme", "cómeme". Yo trataba de ignorar lo que se encontraba en el plato, pero el deseo y la gula cada vez eran más.

No resistí más, me abalancé sobre las sobras de carne que se encontraban en el plato de Rueda, sin pensarlo me metí los restos de pechuga a la boca y los devoré como si no hubiera mañana, como si nunca antes hubiera comido.

Y ya que estaba por terminar la jugosa carne, percibí un extraño sabor, lo pensé pero no quería y no te atrevía a confirmarlo.

-Doc, de casualidad ¿ya habías mascado la carne que estaba en tu plato? pregunté deseando no escuchar la respuesta que esperaba.

-Sí, ¿por qué?

-Aaaaaahh, wacala, wacala, wacala- repetí una y otra vez al mismo tiempo que escupía la carne que aún tenía en mi boca, aunque ya me había comido casi toda.

Por supuesto, todos se rieron de mí y tengo una diarrea que no se me quita, aunque no creo que haya sido por las babas del Doc.

Moraleja: nunca coman las sobras, menos si son de dudosa procedencia.

Claro, ¡chinguen al guapo!

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