Jueves, 23 de Marzo de 2017

Tony Gali en el pantano de la zalamería

Por Selene Rios Andraca / /

El fin de semana casi me quedo ciega por leer tanta estupidez en las redes sociales sobre la defensa de la familia. Quería arrancarme los ojos para dejar de leer tanta barbaridad digna de los días del oscurantismo y también quise cercenarme los sesos por culpa de aquellas personas que salieron a marchar para defender a sus hijos de los derechos universales, del reconocimiento de la diversidad, de la igualdad en este país.

Preferí apagar mi móvil, antes que lastimarme por culpa de terceras personas que salieron a esparcir por las calles un discurso misógino en el que la mujer queda reducida a su papel de madre amorosa y punto.

Grgrgrgr. Rujo del puro coraje.

Ya tengo mucho con los medicamentos, las dietas y los mareos como para que encima, me esté yo lacerando mi bello cuerpo por vergüenzas ajenas.

Además, no crean que ya salí del trauma de que me cayeron los 30 como balde de agua fría y que tengo una crisis de la edad que ni usando playeras con monos de Pokemón, ni escribiendo frases inspiradas en el “piki, piki” de Joe Montana, puedo adaptarme a las nuevas exigencias de la comunicación en las que me veré obligada a cambiarle el nombre a la columna, a usar una gorra, una camiseta de tirantes y llenarme de bling-bling para no perder el encanto jovial que tanto me ha caracterizado.

—Ya sé que los millenials no dicen jovial, deben tenerme paciencia, estoy en pleno proceso de aprendizaje. Creerán que hasta he pensado en irme a meter a las universidades para convivir con la chaviza… jajajaja ya nadie dice eso ¿verdad? Corrijo, para convivir con la banda ¿tampoco ya se usa eso? Para convivir con los muchachos, pues, para actualizarme. Aunque estoy segura que la única forma de entrar a las escuelas es como Miss, como sexy miss de periodismo o de literatura, aunque primero debería terminar mi maldita tesis y luego buscar otras cosas para entretenerme. Ya me desvié, como siempre—.    

Sin embargo, más allá de la crisis existencial que atravieso por culpa de la generación que comienza a dominar las plataformas de la opinión pública y me hace ver como una chava-ruca cuando me salen mis bromillas de mal gusto, el que tiene un papel más cabrón que afrontar es el gobernador electo, Tony Gali Fayad.

A diferencia de mi suegro —perdí todas mis oportunidades de engancharme en la familia y seguro es porque ya no me cuezo al primer hervor como la María de Todos los Ángeles—, los aspirantes a permanecer vigentes en días aciagos de la opinología la tenemos más sencilla, pues Tony Gali tiene enfrente uno de los retos más difíciles de su vida: navegar sin estragos sobre el pantano de la zalamería.

La proeza es salir ileso de ese mar de elogios desmedidos en el que se sumerge día con día.

Por ejemplo, uno de los problemas fundamentales de Moreno Valle durante su sexenio fue el temor de sus asesores, de sus allegados y de la mayor parte de su gente de confianza. La mayoría de las personas que le rodearon se encargaron de alabarle cada acción, cada discurso, cada palabra, cada decisión y pocos, muy pocos, se atrevían a contradecirlo. Por eso hoy, en su cuello cuelga una de las etiquetas más complejas de matizar: el autoritarismo.

Tan culpable Moreno Valle por impositivo como su burbuja por zalamera.

Hoy Tony Gali tiene en sus manos la decisión de sumergirse en los halagos excesivos, en creer que cada discurso que emite es la chingonería del mundo, son las palabras que esperaba Puebla, que nadie había dicho eso nunca como él lo dijo, que cada decisión que tome sea aplaudida y venerada hasta la náusea por los candidatos a ser favorecidos en su gobierno o tiene la madurez necesaria para sobrevivir al pantano de los arrastrados.

Uf.

El viernes pasado durante la cena de aniversario de Efekto 10 que organizó el empresario Pepe Hanán, Tony Gali expresó que la campaña electoral había llegado a su fin y que eran necesarias todas las voces para tener instituciones sólidas y no debilitadas, así como que la transformación en Puebla se dio por la suma de esfuerzos, no por las acciones de un solo hombre.

Vaia, vaia. Un discurso normal, pues.

Cuando terminó de hablar, algunos asistentes corrieron a decirle: que no mames, que cuánta elocuencia, que qué barbaridad, que cuánta sabiduría, que sólo palabras perfectas salían de su boca, que era lo que Puebla necesitaba, que fueron las palabras correctas en el momento oportuno…

El más adulador de la noche fue, por supuesto, el senador Javier Lozano Alarcón. Lo abrazó, lo apapachó, se rio, repitió cada palabra, le dio la misma entonación y le juró amor eterno. Detrás de él, unos empresarios, otros periodistas, algunos políticos y demás.

No hubo nadie que no le presentara un bonito comentario o un gesto destacado. —Tampoco estoy diciendo que lo regañaran o le reprocharan algo, no son tiempos aún, pero a veces los políticos pierden la razón por culpa de esos comentarios—.

El problema es que, según mis fuentes bien informadas, el Electo se veía recontento ante tanto comentario adulador.

Watafáaaac.

¿Y quién no puede perder la cabeza cuando lo único que le rodean son aclamaciones y aplausos?

Qué miedo ¿no?

Miau.

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